Los expertos avisan: el sistema de pensiones empuja a trabajar más años en condiciones de desgaste físico y mental
El aumento de la esperanza de vida y las sucesivas reformas legales han llevado a muchos trabajadores a alargar su vida laboral más allá de lo deseado. La pregunta sobre si es justo mantener la misma jornada a los 25 que a los 65 años centra el debate, mientras los datos muestran el coste físico y social de esta prolongación forzosa.

La fotografía demográfica: más mayores y menos nacidos en España
Los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) dibujan un país que envejece a gran velocidad. En 2001, las personas de 65 años o más representaban el 16% de la población; hoy superan el 21% y las proyecciones apuntan a que en 2076 alcanzarán el 30,9%. Al mismo tiempo, la población nacida en España, que supone el 79,8% del total, caerá al 59,6% en cinco décadas.
Estas cifras no son neutras para el sistema de pensiones. Alfonso Muñoz Cuenca, funcionario de la Seguridad Social y creador de contenido en YouTube, lo resume así: “Es muy difícil que un trabajador llegue a los 67 años en plena capacidad al ritmo que hoy día se exige”.
La pirámide demográfica que sostiene las pensiones cambia de base. Cada vez hay menos cotizantes potenciales y más beneficiarios, lo que tensiona un modelo que nació en 1919 con el Retiro Obrero, cuando la esperanza de vida tras jubilarse apenas superaba un lustro. Hoy, esa misma esperanza se sitúa en torno a los 21 años adicionales según el INE, y la edad legal de retiro ha subido de forma progresiva desde la Ley 27/2011 hasta los 67 años para quienes no acumulen 38 años y tres meses cotizados en 2027.
El caso real de una trabajadora que no puede retirarse
Muñoz relata una consulta reciente que ilustra la situación de miles de personas. Una compañera de 65 años y medio, agotada laboralmente, quería saber cuándo podría jubilarse. Tras revisar su vida laboral, descubrió que solo había cotizado 25 años, una cifra insuficiente para acceder a cualquier modalidad de jubilación. “La única opción que le queda es aguantar a duras penas hasta los 66 y 8 meses”, explica el funcionario.
El caso no es una excepción. La combinación de carreras laborales irregulares, periodos sin empleo y la subida de la edad de retiro está dejando a muchas personas sin margen para elegir cuándo dejar de trabajar. No se trata solo de llegar a la edad legal, sino de poder hacerlo sin que la salud se resienta en el camino.
La reforma de 2011 fijó el incremento gradual hasta los 67 años, pero no tuvo en cuenta las diferencias físicas ni las condiciones reales de cada puesto. Mientras las profesiones más cualificadas pueden permitirse alargar la vida laboral con relativa comodidad, los trabajos con mayor desgaste físico o psicológico convierten esta prolongación en una losa, tal como subraya el propio Muñoz.
El coste físico de retrasar la jubilación: lo que dicen los estudios
La ciencia ya ha cuantificado el impacto de trabajar más años sobre la salud. Un estudio de la Universidad de Stanford, publicado en 2024, detectó que entre los 40 y los 60 años aumenta la vulnerabilidad del organismo ante problemas cardiovasculares, músculo-esqueléticos y de movilidad, así como ciertas alteraciones cognitivas.
Más revelador es el trabajo conjunto de la Universidad de Mannheim y la Universidad Pompeu Fabra: retrasar un año la salida del mercado laboral incrementa significativamente el riesgo de morir entre los 60 y los 69 años, especialmente en sectores con altas exigencias físicas o psicológicas.
El mismo estudio pone cifras a esa pérdida: usando el valor de un año de vida ajustado por calidad en España, “un aumento de 0,46 años en la edad de morir se traduce en una pérdida social valorada en 8.564 euros por individuo”. En cambio, prolongar la vida laboral aporta de media 1.925 euros adicionales al sistema de pensiones y a las arcas públicas. Es decir, el coste social de forzar la permanencia en el empleo sextuplica el beneficio económico para el Estado, según estos investigadores.
La conclusión de ellos es clara: el valor de la vida y su calidad pesa más que la ganancia fiscal, pero el sistema sigue empujando a los trabajadores hacia una vejez laboral que no siempre pueden sostener.
Propuestas para aliviar la carga: la desaceleración laboral
Ante esta tesitura, algunos expertos plantean rediseñar la transición hacia la jubilación. Muñoz habla de “desaceleración laboral”: permitir que los trabajadores reduzcan progresivamente su jornada, cambien de funciones o asuman tareas menos exigentes a medida que envejecen.
“Hay trabajadores que a duras penas pueden llegar a los 67 años subidos a un andamio, o haciendo guardias interminables en un hospital sin descanso”, denuncia. La idea no es abandonar antes el mercado laboral, sino adaptar el puesto a las capacidades de cada persona para mantenerla activa sin coste físico adicional.
Esta fórmula ya se aplica en algunos países europeos con resultados dispares. En España, sin embargo, su implantación no está aún sobre la mesa como política pública, pese a que los datos demográficos y de salud sugieren que algo debe cambiar. Mientras tanto, los trabajadores que no llegan a tiempo con sus cotizaciones se enfrentan a una única opción: aguantar hasta que la ley les permita retirarse, aunque el cuerpo —y a veces la mente— diga basta.



