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El cambio climático ya encarece la cesta de la compra: el aceite subió un 139% y golpea con más fuerza a los hogares pobres

La crisis climática no es un problema separado de la economía doméstica. Un análisis publicado por eldiario.es y firmado por Alberto Garzón sostiene que el calentamiento global ya está encareciendo los alimentos y la energía, y que ese coste recae con más fuerza sobre los hogares con menos renta. El texto, que llega en plena precampaña electoral, denuncia que los partidos apenas abordan esta conexión y que la ciudadanía no percibe el cambio climático como una amenaza para su poder adquisitivo, pese a que la ciencia y los organismos económicos internacionales lo acreditan.

Fotografía que ilustra la noticia: El cambio climático ya encarece la cesta de la compra: el aceite subió un 139% y golpea con más fuerza a los hogares pobres
(elDiario.es)

El aceite, el ejemplo más claro del impacto en el bolsillo

El análisis pone cifras al impacto del clima en los precios. Según los datos del Ministerio de Agricultura que cita la fuente, la última gran sequía redujo la cosecha de aceite de 2022/23 un 55% respecto a la campaña anterior y la dejó por debajo de la mitad de la media de los años previos.

El Banco de España acredita, siempre según el artículo, que el aceite se encareció un 139% entre 2019 y 2024. Esa subida, apunta el texto, castigó sobre todo a los hogares más pobres, que dedican una proporción mayor de su renta a la compra de alimentos.

El caso del aceite no es aislado. La fuente recuerda que el Banco Central Europeo reconoce desde 2022 tres vías por las que el cambio climático afecta a la inflación: la climateflation, que es el encarecimiento por la restricción de oferta que provocan sequías, olas de calor o inundaciones; la fossilflation, ligada al coste de la dependencia de los combustibles fósiles; y la greenflation.

El análisis señala que la guerra en Irán desatada por Estados Unidos este año ha vuelto a poner de actualidad la fossilflation, a través de su efecto sobre el precio de los fertilizantes, que a su vez encarece las cosechas y el precio final de los alimentos.

La dana de Valencia y el debate que no se produjo

El artículo utiliza la dana de Valencia, que provocó más de doscientos fallecidos, como paradigma de cómo se enfoca mal el debate público sobre el clima. La discusión política posterior giró, según la fuente, en torno a la gestión de los gobernantes durante el evento y no sobre las causas últimas.

El texto plantea que lo que convierte una amenaza natural en desastre es la sociedad, no la naturaleza. No hay ninguna ley física que obligue a construir en zonas inundables, recuerda, y esa decisión la toman el mercado del suelo, la desigualdad y la ausencia de planificación. Además, en un clima alterado por la acción humana, incluso la amenaza deja de ser del todo natural.

El análisis cita un estudio del CSIC que afirma que el calentamiento global fue un amplificador de la dana e intensificó la tasa de lluvia un 21%. Un Mediterráneo más cálido, explica, significa más combustible para la precipitación torrencial de otoño.

Las preguntas estructurales quedaron fuera del plano, lamenta el texto: por qué la lluvia fue tan abundante, por qué cientos de miles de personas viven en suelo inundable y qué pasará con la próxima dana. Responder a esas preguntas, añade, obligaría a replantear el modelo de urbanización, ocupación del territorio y crecimiento económico.

La preocupación por el clima no se traduce en prioridad electoral

La fuente aporta datos del CIS para explicar la paradoja: más del 80% de los españoles dice estar muy o bastante preocupado por el cambio climático, pero solo un 2,3% lo considera uno de los tres problemas principales del país en lo que va de 2026.

Esa cifra esconde variaciones: asciende hasta el 5,5% en septiembre y cae por debajo del 1% en primavera. El análisis atribuye esa variabilidad al efecto de las olas de calor del verano sobre la percepción ciudadana.

El texto añade que el cambio climático se ha convertido en una opción ideológica presente entre las izquierdas mucho más que entre las derechas, y que la priorización de los votantes de derechas es prácticamente nula, con la excepción notable del PNV.

La fuente concluye que la ciudadanía considera el cambio climático como algo ajeno a su vida cotidiana, cuando son muchos los canales por los que afecta a las familias trabajadoras y muy en particular a su poder adquisitivo. Ni los partidos obtienen rendimiento electoral al hablar del clima ni el electorado conecta los problemas económicos con los ecológicos.

Más allá de la economía: calor, enfermedades y la necesidad de un nuevo enfoque

El análisis recuerda que el cambio climático también mata por otras vías. Las olas de calor están asociadas a miles de muertes anuales, mayoritariamente de personas mayores de 65 años, y el calentamiento global favorece la expansión de animales vectores de enfermedades.

En España, la fiebre del Nilo Occidental, con más de cuarenta muertos en los últimos años, ilustra la importancia de estos riesgos, ya que su transmisión depende de factores climáticos y ecológicos que influyen en la actividad de los mosquitos.

La fuente sostiene que la lógica política y la lógica ecológica siguen ritmos distintos. Los electores premian o castigan la capacidad de respuesta ante un evento, pero son generalmente indiferentes a la prevención. Es una cuestión de incentivos perversos, dado que la lógica política gira en torno a la maximización del voto cada cuatro años.

La conclusión del análisis es que los partidos no deberían tratar aisladamente aspectos como salarios y clima o calor y precariedad. El texto aboga por traducir los fenómenos climáticos en coste de la vida y dedicar más energías a explicar cómo se relacionan la crisis ecológica y las condiciones de vida, quién soporta sus costes y qué transformaciones permitirían proteger a la mayoría social.