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El debate sobre el absentismo: ¿una batalla por el lenguaje que oculta las causas laborales?

El término 'absentismo' se ha convertido en una palabra de moda en el debate público español, pero su uso no es neutral. Un artículo de opinión publicado en El Salto sostiene que esta elección lingüística responde a una estrategia deliberada para desviar la atención de las causas estructurales de las bajas laborales, como el estrés o las malas condiciones de trabajo, y culpabilizar a los trabajadores.

Fotografía que ilustra la noticia: El debate sobre el absentismo: ¿una batalla por el lenguaje que oculta las causas laborales?
(elsaltodiario.com)

La carga ideológica de una palabra

El artículo, firmado por el consultor de marketing Nacho Menéndez Granda y publicado en la sección de opinión de socias de El Salto, analiza cómo el término 'absentismo' se ha instalado en el debate público durante julio de 2026. Según el autor, la palabra no es una descripción neutra de un fenómeno estadístico, sino un concepto 'deliberadamente simplista' que busca inducir a una conclusión previa: que existe un amplio colectivo de trabajadores 'vagos e insubordinados' que se aprovechan de la generosidad de las empresas y de la falta de mano dura del Estado.

Menéndez Granda subraya que 'nombrar es decidir'. Frente a la fórmula de 'absentismo', que señala al trabajador ausente sin matices, propone alternativas como 'bajas médicas por estrés laboral', que apuntarían directamente a las empresas y abrirían un debate incómodo sobre la salud mental en el trabajo. La elección del término, por tanto, no es casual, sino que responde a una agenda que beneficia a quienes tienen recursos para controlar los canales de comunicación y contar con 'partners mediáticos' dispuestos a distribuir el mensaje. La repetición constante del término, añade, acaba convirtiéndolo en tendencia.

La 'inevitabilidad del progreso' como comodín corporativo

El artículo establece un paralelismo entre la estrategia del 'absentismo' y la retórica de la 'inevitabilidad del progreso' utilizada por las grandes tecnológicas. Señala el caso de Sony y su retirada progresiva del formato físico en los videojuegos, con consolas sin lector de disco, la sustitución de la propiedad por 'licencias de uso' y el control total de la distribución. En este caso, el concepto que lo justifica todo es la inevitabilidad del progreso, que persigue el mismo resultado que el 'absentismo': eliminar derechos (en este caso, del consumidor) para aumentar la rentabilidad.

Menéndez Granda sostiene que la inevitabilidad es 'el comodín terminológico del que más han abusado las grandes tecnológicas', especialmente desde la llegada de la IA generativa. Bajo el paraguas del progreso y la transformación, se ridiculiza cualquier objeción como resistencia al futuro, y las condiciones se fijan sin negociación: qué datos alimentan los modelos, qué empleos se reestructuran o qué factura asume el planeta. Todo ello, concluye, mientras hay 'miles de millones en juego'.

Un siglo de ingeniería léxica: de Bernays a 'inquiokupa'

El autor recuerda que esta 'ingeniería léxica' no es nueva. Cita a Edward Bernays, sobrino de Freud y fundador de las relaciones públicas modernas, quien en su libro 'Propaganda' (1928) defendía que 'la manipulación consciente e inteligente de los hábitos organizados y de las opiniones de las masas es un elemento importante de la sociedad democrática'. Bernays no criticaba esta práctica, sino que la ofrecía como servicio profesional. Un siglo después, dice Menéndez Granda, el servicio sigue contratándose en agencias de PR y gabinetes de prensa, y sus resultados se ven en titulares.

Como ejemplos actuales, menciona el uso de 'economía colaborativa' para describir plataformas que cobran comisión por intermediar trabajo por cuenta ajena, o 'flexibilidad' para nombrar la transferencia de riesgo de la empresa al empleado. También señala la creación de neologismos como 'inquiokupa', que criminaliza al inquilino para que la sombra de la sospecha alcance a cualquiera que alquile. Este marco, advierte, termina condicionando el debate público.

Para que este engranaje funcione, el artículo identifica a los colaboradores necesarios: consultoras que producen informes con cifras llamativas, encuestadoras con metodología dudosa para refrendar conclusiones encargadas, medios que titulan sin entrecomillar y tertulianos que llenan horas de debate. Con la suficiente concentración en un lapso de tiempo definido, el término se convierte en tendencia. Y si la clase trabajadora muerde el anzuelo, concluye, 'game over'.