servicios-publicos

La IA acelera la tensión entre universidad pública y modelo de negocio, según un análisis de la UOC

La inteligencia artificial no crea una realidad nueva en la universidad, sino que acelera y profundiza tendencias preexistentes, según un artículo de opinión publicado por la rectora de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), Àngels Fitó. El texto, difundido este martes en El País, plantea que la tecnología amplifica tanto los problemas crónicos del sistema como sus potenciales latentes, y advierte de que el uso actual de la IA puede reforzar un modelo neoliberal que subordina la educación al beneficio empresarial. Frente a esa deriva, la autora propone un modelo de 'universidad transformadora' orientado al bien común.

Fotografía que ilustra la noticia: La IA acelera la tensión entre universidad pública y modelo de negocio, según un análisis de la UOC
(El País)

Dos lógicas en tensión: autonomía académica frente a beneficio empresarial

El artículo de Fitó, que firma en su condición de rectora de la UOC, describe el panorama de la educación superior como una tensión entre dos modelos extremos. Por un lado, el modelo clásico, que protege la autonomía, el conocimiento y la libertad académica, pero que puede resultar rígido y poco capaz de adaptarse a los cambios tecnológicos y socioambientales. Por otro, un modelo neoliberal 'al alza' que subordina la educación a la lógica del beneficio empresarial, con efectos negativos sobre la calidad, el bienestar académico y el valor público.

La autora sostiene que este último modelo se ha visto favorecido por un uso de la IA que refuerza su vocación de negocio inicial. Ese uso, explica, concibe al estudiantado como consumidor, automatiza la docencia y explota el conocimiento tácito del profesorado en beneficio de resultados a corto plazo. Sin embargo, Fitó añade que las mismas tecnologías digitales, combinadas con cambios reales en los modelos educativos y en la organización de las instituciones, podrían contribuir a recuperar el valor público de la universidad, expresado en forma de acceso, equidad, conocimiento abierto, cohesión social e impacto colectivo.

Cuatro pilares para la universidad transformadora

El artículo enumera cuatro pilares sobre los que sustentar la universidad transformadora. El primero es la inclusión, que va más allá de ampliar el acceso: supone construir capacidades sólidas de investigación, docencia, transferencia y divulgación que impliquen y empoderen a toda la comunidad universitaria, que se expande y diversifica, para afrontar retos como la desigualdad económica, las migraciones, la emergencia climática o la velocidad del cambio tecnológico.

El segundo pilar es la pluralidad: renunciar a elegir entre eficiencia y misión social, o entre disciplinas, tecnologías, metodologías y objetivos organizativos. Fitó argumenta que ningún reto complejo se resuelve desde una sola mirada y que se requieren modelos de gobierno universitario que promuevan la corresponsabilidad más allá de la representatividad. El tercer pilar es la búsqueda de un impacto socioambiental real y planificado, con visión plurianual y métricas adecuadas, y no como una externalidad de la que la universidad se beneficia sin proponérselo.

El cuarto pilar es la interoperabilidad, la capacidad de conexión o reconocimiento mutuo entre instituciones. Según la autora, este principio ocupa un lugar particular porque convierte los otros tres en una práctica compartida entre instituciones que operan en ecosistemas interconectados. Implica compartir marcos, infraestructuras y redes, facilitar la movilidad real del estudiantado y del personal académico, y superar fronteras institucionales, disciplinares y geográficas. Sin interoperabilidad, advierte Fitó, el sistema universitario seguirá fragmentado; con ella, la inclusión, la pluralidad y el impacto alcanzan su máxima expresión.

Referencias internacionales y horizonte compartido

El artículo cita tres experiencias universitarias que, según Fitó, ilustran parcialmente el camino hacia la universidad transformadora. La Universidad de Aalborg, en Dinamarca, muestra cómo puede transformarse la relación entre docencia y sociedad mediante el aprendizaje basado en problemas reales, aunque su financiación siga dependiendo en gran medida de fondos públicos y se aproxime todavía al modelo clásico. La Universidad de Mondragón, en el País Vasco, ilustra cómo el capital puede subordinarse al trabajo y cómo los excedentes pueden reinvertirse en fines educativos y sociales, aunque sus ingresos sean mayoritariamente privados. La Universidad de Antioquia, en Colombia, ha demostrado el impacto territorial de descentralizar conocimiento e innovación en territorios rurales históricamente afectados por el conflicto, mediante procesos participativos.

Fitó reconoce que cada universidad ha recorrido una parte del camino y que ninguna lo ha completado. Precisamente ahí reside, a su juicio, la fuerza de la universidad transformadora: como un horizonte compartido, no como una etiqueta que ninguna institución pueda atribuirse en exclusiva. La autora insiste en que la forma en que evolucionen las universidades condicionará la respuesta de las sociedades ante los grandes retos de la era digital, y por eso el debate no puede quedar confinado a los claustros ni a los despachos de gestión universitaria.