La sequía obliga al vino español a reinventarse tras perder 100.000 hectáreas de viñedo en 15 años
La sequía y el cambio climático están reconfigurando el sector vitivinícola español. En los últimos 15 años se han perdido cerca de 100.000 hectáreas de viñedo, la vendimia se adelanta cada ejercicio y el consumo de vino cae en España y en los principales mercados de exportación. El sector se enfrenta a una disyuntiva: invertir en tecnología y adaptación, o abandonar explotaciones que ya no son rentables.

Un sector bajo presión: hectáreas perdidas y vendimias anticipadas
El cambio climático golpea con fuerza al vino español. Los datos hablan por sí solos: cerca de 100.000 hectáreas de vid han desaparecido en los últimos 15 años, según estimaciones del sector. Ignacio Huertas, secretario de Agricultura de la Unión de Pequeños Agricultores y Ganaderos (UPA), detalla que en España hay 900.000 hectáreas de viñedo, la mayoría de secano, y que cerca del 70% de las que han desaparecido respondían a este modelo de producción tradicional, asentado en el territorio y generador de empleo local.
La vendimia se adelanta cada año. "Llevamos varias campañas así", señala Roberto Ruiz Clavijo, responsable vitivinícola de la Coordinadora de Organizaciones Agrarias y Ganaderas (COAG). "Es algo que vemos en todo el territorio, en todas las denominaciones, debido al cambio climático, y es algo que es un problema, porque los ciclos se acortan y la producción se reduce". Este año, el adelanto ha sido excepcional: "se ha adelantado un mes, tanto el principio como el final", según José Luis Benítez, director general de la Federación Española del Vino (FEV). Un escenario que Enrique Pascual, presidente del Consejo Regulador de la DO Ribera del Duero, ilustra con contundencia: "Si hace 20 años alguien hubiera dicho que íbamos a empezar a cosechar a mediados de agosto, le habríamos tratado de loco".
Tres años de producciones anormalmente bajas
La consecuencia directa del estrés hídrico y las olas de calor es una producción reducida. "Evidentemente, el viñedo es uno de los sectores más afectados por el cambio climático, porque llevamos tres años con producciones anormalmente bajas. En este, vamos a estar en niveles de 2025, que ya fue uno de los peores de la historia", advierte Ignacio Huertas. Las cifras son elocuentes: se rondarán los 33.000 millones de hectolitros, frente a los 43.000 de hace cinco años.
La calidad de la uva, no obstante, se mantiene o incluso mejora. "Lo positivo, añade, que se trata de una uva sana y de calidad". Este año, la cosecha ha sido temprana pero con una uva de gran calidad, matiza Enrique Pascual. Aun así, la pérdida de producción agrava una situación ya complicada por el aumento de los costes de producción, como los energéticos y los fertilizantes, que según las organizaciones agrarias no pueden cubrir con los precios actuales. Por ello, piden que se aplique la Ley de la Cadena para proteger al eslabón más débil: los productores.
Tecnología y cambios de cultivo: las soluciones sobre la mesa
Ante este escenario, el sector estudia diversas estrategias de adaptación. La tecnología es un pilar clave. José Luis Benítez, de la FEV, plantea medidas de adaptación, como sistemas de poda o cultivar a mayor altitud, y de mitigación, como la reutilización del agua o el uso de drones para controlar la temperatura de las vides. Inversiones que requieren un alto desembolso y que, según el director de la FEV, deberían contar con el apoyo de las administraciones públicas.
En el terreno agrícola, las organizaciones apuntan a la necesidad de buscar variedades más resistentes al estrés hídrico. Roberto Ruiz Clavijo (COAG) subraya que "los periodos de sequía y las olas de calor han venido para quedarse y están cambiando los protocolos del cultivo de la vid. Vamos a tener que cambiar las metodologías, plantas que aguanten mejor el estrés hídrico. Hemos visto que las parcelas con dotación de riego son las que mejor están aguantando". También se plantea "plantar variedades en zonas más altas, para aminorar el estrés".
El desafío no es menor, como reconoce Enrique Pascual: "No es sencillo replantear el regadío, porque las parcelas tienen que tener una superficie determinada, hay terrenos alejados de los ríos, hay que hacer perforaciones, instalaciones y la rentabilidad puede ser discutible, pero habría que estudiarlo si la supervivencia del viñedo lo exige". Aunque advierte de un límite: "el tipo de uva no lo podemos cambiar. Si cambiamos la variedad, el tempranillo, no seríamos Ribera. Podemos cambiar la parte de abajo de la planta, lo que se agarra al suelo, pero manteniendo el mismo tipo de uva". Paco Berciano, experto en el sector, añade que habrá que "buscar variedades autóctonas que se dejaron porque no eran productivas, modificar la poda, la cubierta vegetal de arriba de la vid para que proteja a la uva".
Reducción de volumen y aumento de valor: la estrategia frente al consumo a la baja
El sector vitivinícola no solo lidia con el clima, sino con un cambio de hábitos de consumo. La demanda de vino cae no solo en España, sino también en mercados clave para la exportación como Estados Unidos, Reino Unido o Alemania. Y cae, sobre todo, el vino tinto. "El futuro pasa por una reducción del volumen y un aumento del valor, hay que acostumbrarnos a que vamos a un consumo más caro, pero de más calidad", indica José Luis Benítez, en línea con la estrategia que el sector ya está adoptando.
Sin embargo, el impacto no es uniforme. Paco Berciano distingue entre el vino de diario y el especial: "El primero está en clara crisis, porque cada vez se consume menos vino, en el día a día. El de calidad, que es un porcentaje muy pequeño, ese lo nota menos". Fernando Ezquerro, presidente de la Interprofesional del Vino, añade que "el consumo mundial de vino está descendiendo, los mercados están sometidos a importantes tensiones y existe una ralentización general del comercio. Además, el vino no es un producto de primera necesidad y, por tanto, es especialmente sensible a los cambios en los hábitos de consumo y a la coyuntura económica". En este contexto, subraya la necesidad de "generar más valor y que ese valor se distribuya de manera equilibrada a lo largo de toda la cadena".
La situación afecta a todos los operadores, pero no por igual. "Algunas bodegas pequeñas son las que mejor sobreviven a las crisis. Las grandes, en cambio, lo están pasando mal, las que elaboran más litros. También, el pequeño viticultor que vende su vino, porque nota que no se lo compran o lo hacen a precios ridículos; y son los que cultivan por amor", relata Berciano. Un abandono que tendría consecuencias territoriales: "si ese último vende su viñedo, si esos terrenos van a las grandes compañías, trabajarán con gente que se mueva por todas partes, pero no con gente de los pueblos, que tienen en los viñedos su forma de vida".
El sector, en definitiva, se encuentra ante una encrucijada que combina la adaptación climática con una redefinición de su modelo productivo y comercial. Las decisiones que se tomen en los próximos años determinarán no solo el futuro de una industria, sino también el de muchas zonas rurales que dependen de la vid como principal actividad económica.



