Un agricultor de la Sierra Norte de Madrid rechaza 700.000 euros por su finca de una hectárea
Christian González, ingeniero técnico agrícola de 46 años, gestiona una explotación ecológica de una hectárea en Bustarviejo, en la Sierra Norte de Madrid. Rechazó una oferta de 700.000 euros por la finca, que compró por 38.000 euros, y asegura que su objetivo es dejar un legado. La huerta emplea a siete trabajadores y surte a restaurantes con estrella Michelin como Pabú.

Una decisión que prioriza el proyecto sobre la rentabilidad inmediata
Christian González, ingeniero técnico agrícola de 46 años, trabaja una explotación ecológica de una hectárea en Bustarviejo, en la Sierra Norte de Madrid, a unos 1.300 metros de altitud. La finca, llamada 'La Huerta de Abril', estaba abandonada desde hacía 15 o 20 años cuando él y su familia llegaron, según explica en un vídeo publicado por el youtuber Goly, que documenta negocios de todo tipo.
En ese vídeo, González relata que hace años recibió una oferta de 700.000 euros por la propiedad. La propuesta partió de un amigo que quería destinar el terreno a la organización de eventos. "Me han llegado a ofrecer 700.000 euros y les he dicho que no", afirma. Una cantidad que, según el propio agricultor, le habría permitido una jubilación económicamente desahogada, pero que decidió rechazar para mantener el proyecto agrícola.
La decisión contrasta con la inversión inicial realizada. González pagó "unos 38.000 euros" por el terreno. A esa cantidad hay que sumar las inversiones posteriores para adecuar la finca y convertirla en una explotación productiva. "Aquí cada movimiento es un dineral", asegura. Solo las vallas costaron unos 18.000 euros, una pérgola para la venta directa supuso otros 20.000 euros, el aljibe 7.000 euros y entre 4.000 y 5.000 euros se destinaron en un solo año a plantas y semillas, además de sistemas de riego, mallas y otras infraestructuras.
Un empleo que sostiene a siete personas y llega a la alta cocina
En la finca trabajan actualmente siete personas. La producción se distribuye en dos canales: una parte se vende directamente en la propia huerta y otra se destina a restaurantes, entre ellos establecimientos reconocidos con estrellas Michelin, como el restaurante Pabú. Para Christian, que chefs de ese nivel utilicen sus productos supone un reconocimiento a años de trabajo.
El trabajo en la huerta es intenso y condicionado por el clima. Durante el verano, la cosecha comienza alrededor de las seis de la mañana, para recoger las verduras con la temperatura más baja posible. A mediodía, el calor hace prácticamente imposible continuar trabajando al sol. El ritmo y las condiciones laborales forman parte de una actividad que, admite, sigue siendo complicada: los precios dependen de los costes de producción y de una cosecha que nunca está garantizada.
Las dificultades: granizadas, crowdfunding y precios que reflejan el trabajo
La trayectoria de la explotación no ha sido lineal. Durante los últimos seis años, la finca ha sufrido dos fuertes granizadas, una de ellas a punto de obligar a cerrar el negocio. Para salir adelante, recurrieron a una campaña de crowdfunding, vendiendo por adelantado productos y experiencias de la campaña siguiente, una fórmula que permitió sostener el proyecto en un momento crítico.
En cuanto a los precios, los tomates se venden aproximadamente entre cinco y seis euros y medio el kilo. González defiende que el precio debe entenderse en función de la calidad y del trabajo que hay detrás, en un contexto en el que la agricultura ecológica de pequeña escala debe competir con producciones de mayor volumen y menores costes.
El proyecto tiene también una dimensión familiar. Christian reconoce que le gustaría que alguna de sus hijas continuara con la huerta en el futuro. "Sé que es difícil, pero sí que me gustaría", afirma. Su objetivo, asegura, no se limita a producir verduras: "Lo que hago en realidad es para dejar un legado a mi familia y a la humanidad".



