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De un piso en Barcelona a una casa cueva en Granada: alquiler por 300 euros y temperatura constante todo el año

Alan, un arquitecto de 23 años, dejó Barcelona para instalarse en una casa cueva en Guadix (Granada). Tras ocho meses, asegura que es "mucho mejor que cualquier piso o casa": paga unos 300 euros de alquiler, disfruta de una temperatura constante de entre 18 y 20 grados y valora la tranquilidad del entorno. Su testimonio, recogido por el youtuber Diego Revuelta, refleja una alternativa habitacional que gana terreno frente a los precios de la vivienda convencional en zonas turísticas o urbanas.

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(El Periódico)

Una vivienda con temperatura constante y alquiler de 300 euros

Alan dejó Barcelona para mudarse a una casa cueva en Guadix, una ciudad granadina donde se calcula que hay unas 2.000 viviendas de este tipo. Estas casas, excavadas en las vertientes naturales de los cerros, mantienen una temperatura de entre 18 y 20 grados durante todo el año, algo que Alan destaca como una de sus principales ventajas: "Es mucho mejor que cualquier piso o casa en la que puedas estar", explica en el reportaje de Diego Revuelta.

El arquitecto, que trabaja en Granada, paga unos 300 euros mensuales de alquiler por su cueva, aunque calcula que una vivienda similar podría rondar los 400 euros. La comparación con Barcelona es inevitable: un piso en Castelldefels con los mismos metros cuadrados le costaría "mil y pico" de euros al mes. También señala que comprar una casa cueva bien reformada puede alcanzar los 300.000 euros, una cifra muy inferior a la de un piso convencional en la costa barcelonesa.

La vivienda, de entre 50 y 60 metros cuadrados, pertenece a su hermano, lo que facilitó la decisión de mudarse. "Tengo aquí familia que me apoya y me dijeron: 'Vente, ahí tienes la cueva para ti'", relata Alan, que valora también la cercanía de su familia y el entorno natural.

Sin ruidos y con huerto: las ventajas de la vida en cueva

Alan no duda al señalar qué es lo mejor de su experiencia: "La tranquilidad. Aquí no hay ningún ruido", asegura. En su día a día, duerme tapado incluso en agosto, cultiva tomates junto a la casa y se despierta sin necesidad de despertador. "Hay veces que si no tienes que madrugar al día siguiente y no te pones el despertador, te despiertas y no sabes qué hora es", explica.

El dormitorio, eso sí, no tiene ventanas, algo que no le importa para dormir pero que sí le condiciona cuando trabaja con el ordenador. "Estoy todos los días ahí encerrado. Me empecé a agobiar", recuerda. Por eso, decidió trasladar su espacio de trabajo al comedor, que es más luminoso. Fuera de casa, valora el contacto con los campos que rodean la vivienda y el huerto de su hermano, al que ayuda siempre que puede.

Cuando le preguntan si está feliz, responde sin dudar: "Mucho. La verdad que sí". Y ante la posibilidad de cambiar de vivienda, matiza que "la cambiaría por alguna de las que hay que están mejor", aunque siempre dentro de la misma tipología: seguiría siendo una cueva.

Una alternativa habitacional frente al encarecimiento de la vivienda

El testimonio de Alan se produce en un contexto de precios de la vivienda disparados en las grandes ciudades y zonas turísticas. Mientras un piso en Castelldefels, con los mismos metros cuadrados que su cueva, supera los 1.000 euros mensuales, las casas cueva de Guadix ofrecen una alternativa por menos de la mitad. Aunque no es una opción generalizable, sí pone sobre la mesa el debate sobre el acceso a la vivienda y las fórmulas no convencionales para hacer frente a un mercado tensionado.

Guadix, con sus 2.000 casas cueva, se convierte en un ejemplo de cómo el aprovechamiento del terreno puede ofrecer soluciones habitacionales a precios reducidos, aunque con limitaciones evidentes, como la falta de ventanas en algunas estancias o la dependencia de infraestructuras específicas. La decisión de Alan, que también valoró la cercanía de su familia y el entorno natural, refleja una tendencia creciente entre jóvenes que buscan alternativas al alquiler tradicional en las ciudades.

El propio Alan resume su experiencia con una frase contundente: "La tranquilidad es otro mundo". Un estilo de vida que, a pesar de los sacrificios, considera muy superior al de un piso o casa convencional, y que conecta con una demanda creciente de viviendas asequibles y sostenibles en entornos rurales.